Cuando los sistemas se desmoronan: mirando más allá del capitalismo global

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This article by Richard Wolff was originally published in EnglishEste artículo por Richard Wolff fue publicado originalmente en inglés.

Mientras el capitalismo global se tambalea penosa, desigual y peligrosamente después de su colapso en el 2008, sus críticos se dividen en 2 grupos. Uno que se compromete a reparar y reformar un capitalismo que de alguna manera perdió su camino. El otro encuentra el capitalismo irremediablemente inadecuado y busca la transición hacia un sistema nuevo y diferente. Los dos lados ven las mismas fallas: como el capitalismo intensifica la desigualdad de ingresos, riquezas, poder y  acceso a la cultura; la inestabilidad del capitalismo (esos ciclos socialmente costosos que nunca pudo prevenir), y las injusticias consecuentes. A veces los dos lados se alían y trabajan juntos. Sin embargo, otras veces -como ahora- cada lado desconfía, se margina del otro, y compite con el otro. Complicándolo más, los críticos que favorecen un cambio de sistema están redefiniendo también el sistema que buscan -para reclutas potenciales o para ellos mismos.

Divisiones similares también surgieron entre los críticos durante el derrumbe de la esclavitud y el feudalismo. Mientras la esclavitud decaía, en los Estados Unidos así como en la mayoría de los lugares en los que existía, un grupo de sus críticos se enfocó en mejorar la vida de los esclavos. Pidió mejores dietas, viviendas y vestido; más respeto para las familias de los esclavos; y menos violencia hacia los esclavos. Tales críticos querían reformar una esclavitud que era demasiado dura. Otro grupo de críticos, separándose más y más de los primeros, vieron que el problema era la esclavitud misma. Éste grupo quería el cambio en el sistema que se expresara en la demanda de “abolición”, por transición social a través de la emancipación, hacia un régimen de libertad individual.

Mientras el sistema económico feudal y las monarquías absolutas que caracterizaron al feudalismo tardío declinaban en Europa, los críticos de ambos se dividieron similarmente. Un lado quería suavizar los aspectos más duros del feudalismo: los señores feudales deberían ser más corteses con los siervos, menos avaros con las rentas y otros pagos impuestos a los siervos. Los reformistas de la economía feudal muchas veces se asociaban con los reformistas de las monarquía feudal.Los últimos preferían concejos y parlamentos que pudieran aconsejar a los monarcas, contener sus poderes por medio de las constituciones, etc. En el otro lado, estaban los críticos que respondieron a los problemas acumulados, injusticias y averías del feudalismo defendiendo el fin de tanto las relaciones económicas del feudalismo y las monarquías. Lucharon por la libertad económica (terminar con las obligaciones de los sirvientes que estaban marcadas por tradición, la iglesia y el poder de los señores) y su  par político, una república más o menos democrática (dando fin a la monarquía).

 

Las divisiones ideológicas se intensifican con el declive del capitalismo

Con el declive del capitalismo, esta vez en sus centros antiguos (Europa occidental, América del Norte y Japón), las divisiones entre sus críticos se agudizan. El colapso global del capitalismo en el 2008, los apoyos financieros del gobierno principalmente a las grandes empresas que causaron las políticas de crisis y austeridad que hicieron al público pagar por tales apoyos estimularon una explosión de críticas. Otro estímulo ha sido el comportamiento de los defensores de la corriente principal del capitalismo, de los economistas neoclásicos controlando departamentos académicos por tanto tiempo como puedan y de sus estudiantes que se convierten en políticos y corresponsales defensores del status quo. Mientras el capitalismo privado se vuelve más difícil de celebrar, se vuelven frecuentes el extremismo estridente de los defensores del capitalismo (expresados en varios fanatismos de “libre empresa” y de mercado).

Los Keynesianos, marginados desde los 70’s, regresaron después del 2008, con un rigor renovado, a “salvar el capitalismo de sí mismo” (Hillary Clinton). Paul Krugman, Joseph Stiglitz y muchos otros siguen enumerando cómo el gobierno debe intervenir para hacer que el capitalismo trabaje para todos (“¿sea grande otra vez?”). Las intervenciones del gobierno, advierten, son la única manera de retomar los niveles de desempeño y popularidad de de la economía antes del colapso del 2008, que expuso la acumulada y, para ese entonces, extrema fragilidad del capitalismo. Los Keynesianos quieren que el gobierno estimule la demanda con gastos excesivos en proyectos que requieren mano de obra, que redistribuya los ingresos con política de impuestos, que opere Nuevos Tratos (New deal) verdes, etcétera. Para los Keynesianos, el programa neoliberal de privatización, desregularización y globalización asociados con Reagan, Thatcher y sus sucesores no aprendieron la lección de la gran depresión de 1930. Así, su capitalismo neoliberal ha llevado la economía global hacia abajo desde 2008.

El debate de los economistas neoclasicistas/neoliberales contra los Keynesianos no es nuevo. Ha formado regímenes de políticas oscilantes desde los años 30’s. La mayoría de los participantes de cada lado habla y escribe como si su debate fuera ahora y siempre el centro de la economía. Puede ser relevante que sus carreras académicas y políticas dependen de ello.

Aún así, a través de la historia del capitalismo, siempre se generaron críticos que fueron más lejos que los reformistas del capitalismo y de sus argumentos sobre intervenciones de políticas económicas por parte de los gobiernos. Tales críticos encontraron los debates entre Neoclasicistas y Keynesianos secundarios o de menor relevancia. Ellos creían que  los problemas del capitalismo eran tan profundos, tan intrincados y que habían evadido hábilmente las soluciones reformadores sucesivos (Incluyendo Keynes y Keynesianos) que un cambio fundamental en el sistema era necesario. El término “socialismo” es problemático de usar en este contexto porque ha tomado un amplio rango de significados. Por ejemplo, muchos reformistas del capitalismo, incluyendo muchos Keynesianos, se refieren a ellos mismos como “socialistas”, tanto como sus enemigo políticos. Así mismo, muchos críticos del sistema capitalista que rechazan el reformismo Keynesiano insisten ser llamados “socialistas”. La misma multiplicidad de significados aplican al “comunismo”.

 

Los efectos del colapso de la Unión Soviética

Complicando más el creciente número de críticos del sistema capitalista está un histórico cambio en sus argumentos y enfoque. Antes y después de las revoluciones Rusa (1917) y China (1949), los críticos de cambio de sistema habían favorecido una mayor participación del gobierno en la economía que lo propuesto por los Keynesianos. El gobierno no estaba sólo para regular las empresas capitalistas sino también para socializarlas, convertirlas de empresas privadas a empresas controladas y apropiadas por el Estado. Así mismo, más allá de simplemente regular los intercambios en el mercado, la planeación central del gobierno era para distribuir recursos y productos. Los críticos del cambio de sistema buscaban reemplazar las empresas privadas y mercados privados con empresas y planeación estatales. Los problemas y debates del siglo XX se enfrentaron a las virtudes y ventajas de las empresas y mercados de intereses privados en contra de las de empresas públicas y planeación del gobierno.

El colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y sus aliados en Europa Oriental  en 1989, y los cambios subsecuentes en la República Popular China (RPC) provocaron que muchos de los críticos del capitalismo repensaran sus análisis y reenfocaran sus estrategias. La transición de empresas y mercados privados (capitalismo) a empresas y planeación públicas (socialismo/comunismo) se había comprobado insostenible. Más importante aún, los logros económicos y sociales genuinos que habían sido alcanzados estuvieron acompañados de serias fallas que comprometieron lo que los críticos de cambio de sistema habían prometido y esperado. Los conceptos y metas tradicionales del socialismo/comunismo establecidos en la URSS, PRC y demás probaron ser demasiado problemáticos.

El dar al Estado un papel muy central en la economía, reforzó una concentración excesiva del poder del Estado en la política, y en la cultura también. De la misma manera, la sustitución de oficiales de Estado por consejos directivos privados dejó que las organizaciones autoritarias internas de las compañías cambiaran poco. Los trabajadores resintieron y frecuentemente socavaron esa organización, frustrando así las metas de industrialización establecidas por el estado y eventualmente, todo el sistema dominado por el estado completo. Lentamente, estos problemas promovieron el entendimiento de que el concepto de socialismo/comunismo y, por consiguiente los objetivos de un cambio en el sistema más allá del capitalismo, necesitaban un cambio.

Con esta nueva consideración, el sistema capitalista no había cambiado -al menos no lo suficiente- al hacer las empresas privadas públicas y distribuir los recursos por medio de planeación  en vez del mercado. En los lugares de trabajo, las mismas jerarquías de control, las mismas divisiones entre empleadores y empleados, directores y dirigidos, se han mantenido. Por consiguiente, las verdaderas transiciones logradas fueron de formas de capitalismo privadas a estatales. Esos cambios en la forma de capitalismo fueron erróneamente tomados como cambios un sistema diferente del capitalismo.

 

El renovado interés en las cooperativas de trabajadores

Frecuentemente, por medio de nuevo reconocimiento de los trabajos de Marx, los críticos del sistema reenfocaron su atención en la producción, y más específicamente, en la organización de la empresa. El capitalismo fue definido como una relación específica entre participantes que producían bienes y servicios. Así como la esclavitud estaba definida como una relación entre esclavos y maestros y el feudalismo en términos de señores y siervos, el capitalismo era definido en términos de empleadores y empleados. Lo que se volvió un tema y enfoque crucial fue la relación dentro de las empresas privadas y no el tema secundario de si el empleador era público o privado. Lo que definió al capitalismo fue la relación entre empleador y empleado; lo que definió al otro sistema preferido -ya fuera llamado socialismo, o comunismo o ninguno- fue una relación radicalmente diferente.

Haciendo la pregunta de la misma naturaleza sobre otro sistema con una producción radicalmente diferente al capitalismo llevó a muchos críticos a redescubrir las cooperativas de trabajadores (a veces llamadas cooperativas de productores). Éstas fueron empresas cuya organización general no estaba dividida en empleadores y empleados, o sea diferentes grupos ocupando posiciones diferentes con algunos intereses profundamente opuestos. Para los críticos del capitalismo, las cooperativas de trabajadores se referían compañías organizadas democráticamente - todos los trabajadores tendrían voces individuales e iguales al tomar las decisiones de la empresa. Qué producir, cómo y cuándo se produce, y qué hacer con los ingresos netos de la empresa o los ingresos de los trabajadores serían decididas democrática y colectivamente. Tal organización de empresa constituyó un sistema post-capitalista genuinamente diferente.

Muchos críticos del sistema del capitalismo actual están, por consiguiente, enfocándose en  una transición económica que vaya de organizaciones jerárquicas en empresas capitalistas a empresas organizadas más horizontalmente como las cooperativas de trabajadores democráticas. Los trabajadores se vuelven sus propios directores, reemplazando los consejos directivos corporativos elegidos por inversionistas, y las empresas dirigidas por sus trabajadores tienen más éxito que las empresas capitalistas tanto en los ámbitos privado y público (las proporciones varían de acuerdo a las historias y preferencias de diferentes países). La transición del capitalismo a un otro sistema específico -solución preferida a los problemas de del capitalismo global de hoy- está centrada en la transformación de la organización del lugar de trabajo como el elemento clave faltante que socavó los esfuerzos previos para avanzar más allá del capitalismo (el socialismo y el comunismo tradicionales).

Cuando los sistemas se desmoronan y sus críticos se dividen en dos campos, los reformistas normalmente prevalecen antes de que los que quieren cambiar el sistema tengan su oportunidad. A largo plazo, sabemos por la historia que tanto el sistema de esclavitud y el feudalismo (las relaciones de esclavo-maestro y señor-siervo) fueron abolidas. ¿Será que el capitalismo, la relación empleador-empleado, se está desmoronando?

 

Traducido por Rosario Candelero-Rueda, d@w Translation Team. Clic aquí para leer más artículos en español.

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